Escribir un relato es una ingente labor que supone crear una historia con un conflicto básico. De ahí van surgiendo las ideas que conforman la trama y los subtemas. Mi bisabuelo desapareció en los años sesenta y nadie llegó a conocer su suerte, lo poco que sé de él me lo han contado. Por este motivo he querido rendirle homenaje desde el punto de vista de mi madre, su nieta, con un pequeño texto que no siempre se acerca a la verdad.
¿Dónde se había metido el abuelo Joaquín? Llevaba más de nueve meses sin aparecer por la casa, lo que despertó las sospechas de la familia. Todos sabían que era un espíritu libre y que siempre hacía lo que le venía en gana, pero esta vez se estaba excediendo. En enero lo esperaba Juan, el hijo ferroviario, para que recogiera el pase de favor que le permitía viajar gratis en tren y visitar a sus hijos cuando quería, aunque en febrero nadie tenía noticias suyas.
No podía haber desaparecido tan fácilmente, pues llevaba toda la documentación encima. Hacía un par de meses que recibía una pensión por haber combatido en la guerra de Filipinas y tenía los papeles que lo demostraban. En su juventud había pertenecido al cuerpo de la Guardia Civil y en su mochila también acarreaba las credenciales que lo podían justificar. Muchas eran las señales que lo identificaban como Joaquín Borrás Roca, pero no había pista alguna sobre su paradero, lo que hizo saltar las alarmas.
El abuelo tenía cultura y, además, había sido músico. La jubilación y la viudez facilitaron sus visitas a los hogares filiales y lo habilitaron para dar clases a los nietos que no tenían acceso a la educación pública porque vivían en el campo. Lola aprendió con él y se sentía orgullosa de sus logros. Por eso estaba triste, porque habían compartido mucho y lo echaba de menos. Lloraba su ausencia y daba largos paseos para calmarse. Un día encontró un botón de la camisa de cuadros del abuelo, y lo reconoció enseguida por el pequeño escudo central que siempre le había llamado la atención. Esa pista llevó a la familia hasta la Guardia Civil y la investigación supuso meses de intenso trabajo.
El tío Félix se acercaba cada noche a consolarlos, ya que Lola y su familia presentían lo peor. Hablaban a menudo del abuelo Joaquín, recordaban sus andanzas, sus bromas, las aventuras bélicas… Se consolaban con cada palabra que los acercaba a él.
Y una mañana de otoño, la Benemérita se personó en la masía familiar y anunció que se había detenido a Félix Borrás Roca como autor de la muerte de su hermano. Era increíble, ¿cómo había sido capaz y había fingido durante tantos meses? Del interrogatorio se obtuvo una confesión que revelaba resentimiento, pues Félix siempre había envidiado la vida de su hermano, la familia amorosa de este y la situación acomodada de la que disfrutaba en su hacienda. Y Lola volvió a sufrir, ya que adoraba a su tío y había crecido con sus juegos y acertijos, aunque quería que expiara sus pecados.
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